Por Irama La Rosa
“Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. Art. 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, ONU 1948
La ola conservadora que recorre el mundo de hoy -y que lamentablemente cala en importantes sectores de la sociedad- se nutre fundamentalmente de ideologías fascistas, prácticas racistas y discriminatorias hacia lo que se percibe como diferente o contrario a los modos y estilos de vida ideales para parecer y pertenecer a las llamadas clases medias, que definidas en plural, representan la diversidad de perfiles que simbólica y materialmente pueden clasificarse como tales.
En las Encuestas Nacionales de Juventud (2013-2015-2018)[1] realizadas en Venezuela, se observó que un porcentaje importante de las juventudes consultadas, se perciben como clase media, incluso aquellas ubicadas en territorios vulnerables por pobreza extrema. Ante la pregunta realizada durante esos años sobre si han sufrido algún tipo de discriminación y por cuál razón, quienes respondieron de forma positiva dijeron principalmente que han sufrido discriminación por pobreza y por chavistas.
Este dato se pudo triangular con el discurso de distintos perfiles de juventudes a través de grupos focales en todo el país, que hablaron sobre el rechazo que pueden percibir por parte de sus pares y de la sociedad en general, respecto a su apariencia, forma de vestir, marcas que usan, estilos de vida, preferencias políticas y el tipo de consumo cultural que proyectan socialmente para ser aceptados. Para esos años, pese las prácticas violentas que fomentaban grupos extremos de oposición que explotaron el año 2017 con las llamadas guarimbas, muchas de nuestras juventudes, también entendieron que la política era una forma de posicionar intereses, luchas y reivindicaciones propias de su generación, sin que necesariamente estuviesen apegadas a las agendas partidistas.
Desde esos años, comenzaron a visibilizarse otras banderas de lucha por derechos de las comunidades LGBTI a ser reconocidas y a estar presentes, reivindicaciones feministas por la autonomía del cuerpo y el empoderamiento en contra del patriarcado, así como visiones profundamente ecologistas y animalistas por los derechos de la madre tierra y de sus seres sintientes. Muchas de estas expresiones inspiradas en movimientos juveniles altermundistas, practicaban interesantes y sincréticas formas de art-ivismo para llamar la atención hacia sus propuestas, por ejemplo en Caracas, tuve la oportunidad de presenciar performances y sociodramas sintonizados con este tipo de modalidades de arte militante a favor del aborto, anti-corridas de toros y orgullo gay.
En medio de las heterogeneidades y voces polifónicas de las juventudes venezolanas antes de la pandemia del 2020, la crisis económica se entrecruzaba con la superficialidad del marketing y los deseos de migrar para cumplir el “sueño americano”con la emergencia de otras sensibilidades anti-consumo capitalista y derechos de nueva generación por los derechos de la madre tierra. La doctrina de los derechos humanos se ampliaba socialmente con nuevas propuestas y nuevas luchas antisistema, pero también se profundizaba una cultura narcisista caracterizada por la banalidad en la vida cotidiana de la gente, que diluía el interés por otras cuestiones que no fueran maquillaje, porno, moda y vida fitness.
Las redes sociales que ya se habían convertido en un fenómeno comunicacional con fuerte impacto simbólico en las mentes y sensibilidades de toda la sociedad, durante la pandemia cobraron un auge sin precedentes porque permitían exhibir en el mundo digital, desde las intimidades sexuales e historias individuales tipo telenovela, hasta los talentos gastronómicos, estéticos y de conocimientos que cualquier persona pudiera ostentar, para convertirse en “creador(a) de contenido”.
En ese contexto, proliferaban nuevos oficios y categorías de trabajo remoto para las juventudes: influencers, youtubers, community manager, artistas de tinder, gamers y tiktokers, también se “viralizaban” retos, formas de ser y hacer para figurar en las pantallas, adormeciendo en las juventudes la sensibilidad social y la empatía hacia los más débiles por pobreza u otras condiciones como discapacidades cognitivas, mujeres víctimas de violencia de género, maltrato infantil y crueldad animal.
Esta fiebre por las redes, ha llegado incluso a cobrar la vida de adolescentes seguidores de los desafíos tipo blackout challenge o el reto de la ballena azul, que promocionaban el suicidio para salir de este nuevo malestar en la cultura digital, caracterizado por la cantidad extraordinaria de contenidos “virales” o no, en el que cada segundo y ocasión que vivimos debe “eternizarse” en una selfie o video para ser populares.
Dentro de los riesgos más alarmantes que afectan a las juventudes en estas plataformas, no salimos de nuestro asombro cuando se dio a conocer la existencia de un mercado de trata y pedofilia liderado por mafias de políticos, religiosos y personajes ultra-millonarios del mundo, siendo el evento más escandaloso el que se dio a conocer como “La isla de Epstein” lugar donde captaban a niñas y adolescentes para la prostitución.
De estas élites asociadas incluso al Mossad isrraeli, observamos también la preeminencia de discursos políticos -que sin vergüenza ninguna- promovían mensajes aporofóbicos de burla y descalificación hacia las propuestas y estilos de vida representativos de grupos que luchan por una mayor progresión de los derechos humanos, particularmente en contra de las comunidades LGBTIq+; los movimientos feministas y de derechos humanos, los colectivos anti-guerras y los grupos en contra de la crueldad animal y las violencias de todo tipo.
Lo que algún momento fueron identidades fascistas, machistas, homófobas, racistas, y xenófobas, que de alguna manera procuraban ocultarse del escrutinio público, ahora se convertían en tribus faranduleras a escala global, que se exhiben orgullosamente como grupos neo-conservadores de derecha extrema, tecnócratas y pseudo-religiosos, donde los más peligrosos son precisamente quienes capitalizan votantes para sus líderes autoritarios y violadores de derechos humanos.
Además del largo listado de fascistas en el continente Europeo con Zelensky a la cabeza y Netanyahu en Asia Occidental -como el más terrible genocida que ejecuta el exterminio masivo en contra del pueblo palestino- también África y comunidades indígenas de Australia, siguen siendo víctimas de las hegemonías neo-coloniales y fascistas, que hacen estragos en varios territorios provocando inmensas hambrunas y conflictos interminables.
Todos ellos en todos los lugares del mundo, indefectiblemente parecen asociarse a las industrias de la guerra interesadas en vender armas y exportar a sus mercenarios, así como al mercado del narcotráfico, la trata y prostitución.
Se destaca especialmente Donald Trump -por cierto uno de los principales integrantes de la lista Epstein- como la figura emblemática no solo del continente americano, sino del neo-nazi-fascismo-imperialista global con sus respectivos secuaces en América Latina, entre otros: Bolsonaro, Noboa, Milei y Bukele por supuesto!! este último, una especie de yuppi-empresario, de El Salvador, que bajo la excusa de atacar con “eficiencia” la inseguridad y las violencias asociadas a las juventudes empobrecidas de su país, creó uno de los más perversos campos de concentración del siglo XXI conocido como el CECOT.
Ese lugar infame al que deportaron a partir de marzo del 2025 a 252 jóvenes venezolanos desde EEUU, fue el lugar donde sufrieron incontables atropellos a su dignidad hasta que fueron rescatados en julio de este año por el Estado venezolano. CECOT es por cierto, una especie de laboratorio o franquicia fascista de lo que el presidente del “sueño americano” inauguró este 2025 como Alligator Alcatraz, una cárcel ubicada en un parque natural al sur de Florida rodeada de pantanos llenos de caimanes y serpientes, que está destinada especialmente a migrantes en situación irregular.
Más allá del horror que suponen las condiciones inhumanas en las que van a “enjaular” a los migrantes en este campo de concentración y los terribles impactos ambientales que se generarían en el parque de la Florida, lo más impresionante de este proyecto, es la manera en la que se hace uso de del marketing con la producción de material POP que promociona la “marca alligator” con la imagen de un caimán “simpático” creado con Inteligencia artificial, que se va a estampar en franelas, gorras y tazas. Un proceso de Merchandising especialmente dirigido a las mentes alienadas de las juventudes.
Un paraíso pues para los sociópatas de nuevo cuño, que en un contexto de absoluta indolencia e inexistencia de sanciones internacionales, se burlan por completo de eso que llaman Derechos Humanos, generando más y más seguidores en redes sociales, quienes no solamente están en contra de defender la dignidad de sus congéneres los seres humanos, sino que promueven que este sea el modelo de sociedad en el que supuestamente la gente “decente” merece vivir.
En ese contexto, escuchar y leer cosas por parte de influencers de derecha, políticos de oposición, académicos y ciudadanía variopinta como: “..lo que hacen es defender a malandros, los deberían dejar allá” ; “nos van a regresar a los delincuentes del tren de Aragua”; “ya están robando de nuevo en varias zonas por los malandros esos”; “los niñitos van a estar mejor, adoptados por gringos con plata”, significa que realmente es urgente diseñar un programa pedagógico como el que plantea Rita Segato en contra de las pedagogías de la crueldad, un programa para recuperar nuestra sensibilidad, empatía y rescate de la doctrina internacional de los derechos humanos, así como nuestro sentido de pertenencia nuestro-americano.
Todo lo que sea posible para desactivar este malestar que nos produce la necropolítica de las redes sociales dedicadas a la exhibición humorística del horror donde los “héroes” de nueva era son estos sociópatas, genocidas, pedófilos y enfermos de sadismo infinito.
Necesitamos Pedagogías que impulsen activismos juveniles en contra de la crueldad de lo que ocurre en Gaza con el genocidio hacia niños y mujeres, pero también más y mejor investigación social que permita desvelar hasta qué punto estas atrocidades influyen a nuestras juventudes generando este fenómeno de apatía en el que no se interesan, no preguntan y no son creativas ni sensibles ante esa realidad.
Por eso necesitamos una educación otra a favor de la vida y los cuidados compartidos en nuestras comunidades. Una educación laica que promueva el conocimiento fundacional de los derechos humanos y una ciencia que permita con pensamiento crítico desestructurar la cultura patriarcal-capitalista, neocolonial y racista, que no permite que podamos reaccionar ante el dolor de la otredad porque nos hace sentir que realmente lo más importante en la vida es:
¡Convertirnos en una marca comercial desprovista de humanidad!
[1] Instituto Nacional de Juventud. (2019). (Documento Institucional). Análisis Comparativo de las ENJUVE 2013, 2015, 2018.